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Una ola de ataques callejeros con ácido alarma a Inglaterra



El pasado noviembre, Imran Khan, británico de origen paquistaní de 37 años, padre de cinco hijos y propietario de una modesta tienda de comida a domicilio, sufrió serias quemaduras en el rostro cuando un grupo de adolescentes le lanzó ácido a la cara mientras repartía pizzas en Barking, al Este de Londres. Primero intentaron robarle y más tarde le lanzaron el líquido corrosivo, que portaban en una botella de bebida energizante. «Me ardía la cara. Me dolía muchísimo y no podía ver. Fue un shock terrible», recuerda con su rostro marcado de por vida.

El club Mangle E8 ocupa una antigua lavandería industrial de Hackney, en el Noreste de Londres. En abril organizó una fiesta, un «rave» de seis de la tarde a las tres de la madrugada. Pero a la una y diez entró la policía tras un ataque con ácido, con veinte personas quemadas. El incidente comenzó como una riña entre dos grupos de jóvenes. Uno de ellos sacó un spray y roció la sustancia sobre varios «clubbers».

«Mis planes están totalmente rotos y el dolor es insoportable»

«Mis planes están totalmente rotos y el dolor es insoportable. Solo espero poder recuperar con paciencia parte de mi cara», se duele desde un hospital londinense Resham Khan, de 21 años y ancestros paquistaníes. El 21 de junio, la joven, con aspiraciones de modelo y estudiante de Empresariales en la Universidad Metropolitana de Mánchester, celebraba su cumpleaños en Londres con su primo Jameel, de 37 años. Caminaban por el barrio de Beckton, en el Este, cuando pasó un coche y un hombre les lanzó ácido. «Empezamos a gritar de dolor. Era como si se nos derritiese la cara. Tardaron cuarenta minutos en socorrernos».

El agresor es un joven blanco de cabeza rasurada y tatuajes en la cara, John Tomlin, de 25 años, que se entregó a la policía. Resham, con el rostro desfigurado, ha logrado desde el hospital que 366.000 personas firmen para que se restrinja la venta de sustancias corrosivas.

La semana pasada Londres sufrió una nueva conmoción. «Estoy verdaderamente horrorizada, como todo el mundo, por los cinco ataques con ácido en menos de 90 minutos de la noche del jueves», reconocía ayer la ministra del interior. Cinco hombres resultaron heridos, uno con quemaduras faciales terribles. Entre los detenidos figura un pandillero de solo 16 años. La ministra recuerda que «la ley es bastante fuerte y contempla penas de por vida», pero anuncia un plan para que se apliquen y para cuidar más a las víctimas. «Las penas de por vida no deben quedar solo para los supervivientes de estos ataques».

Iniciativa laborista

Este lunes en el Parlamento se estudiará una iniciativa laborista para penar la posesión de ácido, algo que la ministra apoya. En la actualidad la policía tiene que probar que quien posee la substancia planea una agresión. Inglaterra es el lugar del mundo donde se registran más ataques con ácido, sobre todo en Londres, y se han disparado. En 2012 hubo doscientos, pero en 2016 y la primera mitad de 2017 han sido 504. Las asociaciones policiales calculan que entre enero y abril de este año se han registrado 400.

No es algo nuevo en Inglaterra, donde se trata de una forma de venganza que se practica desde la época victoriana. Pero la escalada actual es inédita. ¿Las razones? Códigos de honor en comunidades de inmigrantes, violencia doméstica, venganzas pandilleras y ataques racistas. Se registran el doble de agresiones a hombres que a mujeres. Los dos barrios más conflictivos son Newham, con un 32% de musulmanes, y Tower Hamlets, con un 34,5% (siete puntos más que cristianos).

El parque de viviendas londinense, anticuado, con muchas casas victorianas de tuberías obsoletas, hace que los desatascadores de gran potencia, muy abrasivos, sean un artículo omnipresente en los supermercados. También se agrede a veces con amoníaco o limpiadores de hornos. «Las bandas callejeras están usando ácido en vez de pistolas y cuchillos porque es más fácil de comprar, se puede conseguir por 6,5 libras y las leyes no persiguen la posesión», explica desde el hospital la modelo agredida.

Cressida Dick, la jefa de la Policía Metropolitana, reconoce que lo que está pasando «es una barbaridad». Algunos agentes comentan con cierta impotencia que «el problema es que estamos ante un arma que se encuentra debajo de todos los fregaderos». Los psicólogos subrayan los efectos devastadores de estos crímenes, no solo físicos, también en la autoestima de las víctimas. El ácido da a los pandilleros sensación de control y poder, porque crea un miedo enorme.



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